Gobernar para todos o marcar la cancha

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Por Ruiz Armando Damian (*)

Con la finalización del gobierno nacional encabezado por Mauricio Macri, se abre un nuevo panorama social, político, económico y cultural para nuestro país. El experimento liberal o liberalismo revisitado bajo la etiqueta de neoliberalismo, presenta en todos sus indicadores: económicos (salvo los grupos privilegiados e integrantes del gobierno en salida), sociales e institucionales, una gravedad y profundidad que supera con creces los problemas arrastrados desde mandatos anteriores.

La degradación socioeconómica de la mayoría de la población, la pericia e impericia del gobierno saliente, serán las marcas registradas que quedaran en el imaginario colectivo. Pericia, porque el gobierno fue eficiente (según sus postulados) en cuanto a la transferencia de recursos desde la clase trabajadora y media hacia la clase privilegiada, por el declive de la industria nacional y el mercado interno y por la extranjerización de nuestra soberanía, al someterla a los mandatos de los organismos internacionales y los interés extranjeros en general. Por otro lado, la impericia, está presente en forma predominante en la materia económica, debido a que todos los indicadores evidencian un encarecimiento social, una mayor vulnerabilidad del país y un escenario oscuro respecto a lo que vendrá.

El nuevo gobierno, encabezado por Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner (FF), evidencia un rasgo claramente esperanzador para la mayoría de la población. Esta dimensión afectiva de la política es altamente legítima, porque moviliza el denominado pueblo con un rol participativo y activo en la construcción de un nuevo orden político, que pretende recuperar los derechos perdidos durante estos cuatro años.

La tarea que en el plano nacional y en algunos casos, provincial (la Provincia de Buenos Aires con Axel Kicillof), es ardua y compleja. No solo se trata de recuperar derechos perdidos y/o disminuidos, adquirir nuevos y proyectar un pasado, presente y futuro que se sustente en una mirada hacia adentro y la gran patria Latinoamérica; sino ante todo, en una lucha cultural y/o simbólica. Lo anterior, se materializa en un elemento central establecido por el gobierno saliente: el establecimiento de una lógica schmittiana de amigo – enemigo, entre el peronismo/antiperonismo, populismo/republica e igualdad/libertad.

Esta concepción antagonista de la política, calo hondo en vastos sectores sociales, donde las redes sociales son la expresión plasmable de tal cometido.

Ante tal escenario, las políticas públicas que desarrolle el nuevo gobierno, necesitan contar con el consenso necesario para construir desde la diversidad y la pluralidad de opiniones, siempre dentro de la arquitectura de políticas de tinte nacional y popular. Se trata de cuestionar un orden, el statu quo conservador, que trata de imponerse desde el poder mediático, las organizaciones internacionales y actores locales que propugnan la reducción del Estado en materia de bienestar social, el achicamiento de derechos de la mayoría de la población, la ampliación de privilegios de una clase pequeña y una mirada hacia afuera que nos siga constituyendo como eternamente periféricos.

Una batalla simbólica que debe librarse desde las dimensiones económicas, políticas e históricas, en pos de sentar bases sólidas para un futuro que se presenta como azaroso. Lo fortuito se evidencia ante la falta de proyectos sólidos y cimentados, y tiene como consecuencia que los resultados electorales y la alternancia no garanticen consolidar modelos políticos emancipadores. Un ejemplo de tal batalla simbólica, sostiene que el peronismo gobernó en los últimos 70 años y es la causa de todos los males congénitos que sufre el país. Una consigna repetida por usinas cuasi intelectuales o desprovistas de una mínima rigurosidad, siendo que las políticas ortodoxas liberales dominaron nuestra historia económica. Tal como lo demuestra Adamovsky, en su artículo ¿70 años de peronismo o 116 años de liberalismo? de la Revista Anfibia.
Uno de los grandes objetivos que tiene el nuevo gobierno, es la de poder elegir entre gobernar para todos o la frase futbolera de marcar la cancha, enmarcadas ambas posibilidades en la ética de la responsabilidad según Weber. El gobernar para todos y todas fue enunciado en el discurso de asunción del nuevo presidente y suele ser una consigna repetida casi todos los dirigentes políticos. Esta construcción de hegemonía o sentido común, en algunas ocasiones suele entrar en contradicción con la mismísima esencia de la democracia o la poliarquía (Dahl), el pluralismo. La política al ser una actividad o praxis orientada a obtener determinados resultados, debe escoger en forma inevitable donde intervendrá, donde dejará hacer y donde podrá existir una combinación entre ambas. Lo anterior, se evidencia en aquellos sectores (sojeros, iglesia, etc.) que desde antes de la asunción del nuevo gobierno, salieron a marcar la cancha porque no están dispuestos a renunciar a sus posiciones de poder, en pos de construir una sociedad más igualitaria.

Marcar la cancha, se vincula con aquella concepción de que la política se genera en base al consenso, pero que existen disputas de poder dentro del sistema político democrático que marcan posiciones agonistas enfrentadas. En síntesis, tarde o temprano cualquier gobierno deberá mostrar cuales son sus cartas o marcar la cancha al poseer un poder político cambiante y aleatorio. En este aspecto el gobierno saliente de Macri nos deja algunas lecciones, porque desde los primeros días sus decisiones fueron cimentando el orden político que pretendían construir; algo que el nuevo gobierno de Alberto Fernández también deberá hacer.

Quizás una posición más flexible y dinámica será aquella que busca encontrar puntos de equilibrio, entre el gobernar para todos y todas o marcar la cancha, algo sumamente complejo en el ámbito de la política. Porque como reza el dicho popular: “No se puede quedar bien con Dios y con el Diablo, al mismo tiempo”.

(*) Profesor en Ciencias Políticas y Abogado

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