Ya no alcanza con tener un empleo para escapar de la pobreza

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POLITICA Y ECONOMIA21/07/2026Redacción Primeras líneasRedacción Primeras líneas

La difusión del último informe del INDEC sobre distribución del ingreso ratifica que hoy ya no alcanza con tener un empleo para escapar de la pobreza. El trabajo, que históricamente fue el principal instrumento de movilidad social y de integración económica, ha perdido buena parte de su capacidad para garantizar una vida digna.

Más de 10,5 millones de personas perciben ingresos inferiores a los 1.500.000 pesos mensuales. Esa cifra representa cerca del 80% de la población ocupada de los 31 aglomerados urbanos relevados por el organismo y coloca a ese vasto universo por debajo de la Canasta Básica Total necesaria para que un hogar tipo no sea considerado pobre.

Quizá el aspecto más inquietante del informe sea que el 56,5% de quienes integran ese segmento posee un empleo formal. Es decir, trabajan en blanco, realizan aportes, cumplen horarios y obligaciones laborales, pero aun así sus ingresos resultan insuficientes para sostener el nivel mínimo de consumo que demanda una familia. La figura del trabajador pobre, que hace una década comenzaba a insinuarse, se ha convertido en uno de los rasgos más preocupantes del mercado laboral argentino y se ha profundizado de manera acelerada durante los últimos dos años.

El 80% de la población ocupada está por debajo de la Canasta Básica Total necesaria para que un hogar tipo no sea considerado pobre.

Las estadísticas del propio INDEC reflejan con claridad ese deterioro. El ingreso individual promedio per cápita de los ocupados en los 31 conglomerados urbanos alcanzó durante el primer trimestre del año los 1.153.457 pesos, una suma que evidencia el rezago de los salarios frente al costo de vida y explica por qué amplios sectores de trabajadores han visto deteriorarse su poder adquisitivo incluso cuando conservan su empleo.

La situación adquiere ribetes dramáticos cuando se observa el extremo inferior de la escala de ingresos. Allí aparecen 1.314.000 personas cuyos salarios no superan los 240.000 pesos mensuales, un monto que se ubica incluso por debajo de la línea de indigencia. Resulta difícil imaginar cómo puede sostenerse una existencia mínimamente digna con semejantes ingresos en un contexto de elevados costos de alimentación, transporte, vivienda y servicios esenciales.

El desafío consiste, entonces, en recuperar la capacidad del salario para cubrir las necesidades básicas y devolver al trabajo su función de herramienta de progreso. La persistencia de ingresos deprimidos no solo plantea un problema ético y social. También constituye un serio obstáculo para cualquier estrategia de crecimiento sostenido. Una economía no puede expandirse cuando la inmensa mayoría de quienes trabajan destina prácticamente la totalidad de sus recursos a cubrir necesidades elementales o, peor aún, ni siquiera logra hacerlo. La prolongada caída del consumo privado encuentra en este deterioro salarial una de sus explicaciones más evidentes.

Sin salarios capaces de sostener el consumo interno difícilmente pueda consolidarse una reactivación económica genuina y duradera. El desafío consiste en devolverle al trabajo aquello que nunca debió perder: la posibilidad de ser el camino seguro para salir de la pobreza.

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